Sax es un pueblo intermedio y agradable, ni muy grande ni muy pequeño, ni muy moderno ni excesivamente pegado a las tradiciones, y en el que, además, se puede disfrutar al ciento por ciento de un clima benigno, del famoso clima mediterráneo.

Vivir aquí es más agradable que vivir en Valencia capital, por poner un ejemplo próximo, la ciudad por donde, todo el día, te mueves inmerso en la contaminación húmeda y pegajosa que reina en las grandes urbes costeras. Sax puede resultar un pueblo ideal para vivir si prefieres la montaña a la playa, la tranquilidad rural al gran trasiego, si te encuentras más cómodo en el campo que en la ciudad; aunque  hay que reconocer que, en este sentido, nuestro pueblo ha perdido facultades en los últimos años, que se está convirtiendo en un lugar algo menos atractivo porque está dando grandes pasos hacia la destrucción de su entorno, de su zona de cultivo agrícola y de espacio silvestre; se están inutilizando grandes parcelas de tierra para la actividad agrícola y para la vida silvestre. Hay pocos pueblos del tamaño de Sax cuyo término se vea atravesado por dos líneas férreas (una de ellas la de alta velocidad, la del AVE) y por dos autovías, además de por un elevado número de carreteras y de caminos asfaltados. Hasta tal punto vamos decayendo en este sentido, que es difícil dar un paseo por los afueras de nuestra localidad sin que, cada tantos pasos, te ladren los perros que moran al otro lado de las vallas de los chalés, de las segundas residencias que, en un número muy elevado y sin ninguna organización, se levantan en todas las direcciones.

Hace algunos años me vine a vivir a mi pueblo de origen porque, aquí, el calor no es ni demasiado húmedo ni demasiado seco y porque además, a pocos kilómetros del casco urbano, se alzan verdaderas montañas, elevadas cimas, escarpados peñascos y laderas cubiertas por un tupido bosque de pinos. Y me quedé a vivir en Sax porque, una vez que atraviesas la zona semiurbana del término, la parte más llana y por donde ha crecido la multitud de chalés y de segundas residencias, se llega con bastante rapidez al pie del monte (a Peña rubia, a Cabreras, al Puntal, a Camara) y, a partir de ahí, todo es ascenso y aire puro o con muy bajo nivel de contaminación, y huele a pino, a romero y a otras especies de plantas silvestres. Y te encuentras con que, a mitad del ascenso, todo a tu alrededor es plena naturaleza, y te sientes un poco como un feliz náufrago o como un explorador ligeramente perdido.

Mi pueblo está situado al lado de Elda, del gran, moderno y expansivo emporio industrial. Y me asusta también un poco que una de las dos vías férreas que acabo de mencionar, la del AVE, atraviese de lado a lado una de nuestras montañas, Camara, y que las naves industriales se vayan levantando sin orden ni concierto, sin la ubicación reglada que permitiría la creación de un polígono local. Todo esto me produce algo de ansiedad, de descolocación; pero, aun así, a pesar de los inquietantes fenómenos que se están produciendo en las últimas décadas, pienso que la vida en Sax sigue resultando atractiva y que voy a seguir viviendo aquí por algún tiempo.

Es un pueblo en el que podría vivir para siempre si no fuera por los atentados cotidianos que se suceden contra el medio rural, por la destrucción casi sistemática del entorno. Me preocupa este tema porque hemos llegado a un punto en el que parece como si todos los cambios operados sobre la superficie de nuestro término –y que modifican sustancialmente el panorama– formaran parte de una confabulación, del plan engendrado por un puñado de mentes poco razonables; como si todos estos cambios fueran la obra maestra de un puñado de mentes que lindan con la demencia por lo que se refiere a su manera de entender y de planificar el progreso, el futuro del pueblo y de su término municipal.

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