
Para alcanzar la perspectiva más llamativa de la sierra de Cabreras y de los peñones que la caracterizan, tal vez haya que salir de Sax por el camino de Yecla, un camino ancho y bien asfaltado, y, en el primer desvío importante, tomar a la izquierda y subir la rampa que nos lleva en dirección al monte. Esta cuesta, también ancha y asfaltada, nos deja prácticamente al pie de la sierra, en el llamado alto del Mesonero; luego recorremos cuarenta o cincuenta metros más y, a la derecha, baja un camino en dirección a La Colonia de Santa Eulalia; hacemos marcha atrás, aculamos el coche sobre este camino de tierra y ya tenemos delante la mejor perspectiva del conjunto formado por los peñones o picachos. Desde este punto, se divisa el amplio desfiladero que, en continua ascensión, lleva hasta la cueva del Tío Gregorio, con las dos laderas que lo forman cubiertas por una densa masa forestal, hasta que, la mole rocosa del Peñón de la Moneda, el más voluminoso y más alto con sus 873 metros, tapona la ascensión con autoridad. Una de las laderas que forman esta hermosa vista panorámica es la umbría del monte de los Alayos, el que más frecuentan los deportistas escaladores. Algunos de estos peñones de roca pelada que caracterizan Cabreras son considerados a nivel comarcal y también provincial como excelentes paredes para ejercitar la práctica de la escalada, y, de hecho, a menudo se pueden ver aparcados al pie del peñón los coches de los esforzados deportistas. E incluso, si fijamos la vista un rato en la majestuosa pared, podemos descubrir los minúsculos puntos que dibujan los escaladores en pleno ascenso sobre la roca.
Si da la casualidad de que llegamos a este punto de observación privilegiado al final de la tarde, podremos contemplar, además, la mancha de luz que suele iluminar la cima del peñón principal de los Alayos, minutos antes de que el conjunto de la sierra entre en la zona de sombra que precede a la oscuridad nocturna. Y también se puede dar la casualidad, no es raro que suceda algo parecido, de que, en ese momento del atardecer sobrevuele algún avión los peñones de Cabreras, y de que el ya decadente rayo de sol acierte a dar sobre el aparato y haga brillar por unos segundos el metal plateado del fuselaje.
Comprendemos desde esta posición que, de un momento a otro, el panorama puede modificarse, transformarse, por obra del cambio de luces provocado por el paso de las horas o por obra de una nube de pronto interpuesta entre la superficie arbolada y los rayos de sol. Y estos cambios tan frecuentes en la naturaleza, a veces también tan repentinos, suponen otro aliciente importante en estos recorridos turísticos de cercanías, al mismo tiempo que nos asustan un poco, que nos llevan a reflexionar sobre el carácter efímero de la realidad, sobre la fragilidad del momento presente. Tenemos que reconocer que ningún día el paisaje por el que solemos transitar es el mismo, que, sobre el mismo trozo de terreno, cambian de manera constante las circunstancias medioambientales. Son múltiples las modificaciones que, de manera natural, puede experimentar el trozo de campo sobre el que discurrimos, hasta el punto de que podemos asegurar que no se dan dos días iguales en el campo. A una mañana de sol espléndida le puede suceder, al otro día, una mañana completamente nublada, absolutamente gris, o nublada y además lluviosa, o lluviosa y además acompañada también por fuertes rachas de viento; y también entre los días que amanecen soleados se suelen dar notables diferencias en el sentido de que pueden resultar más o menos calurosos, más o menos secos o más o menos diáfanos; pueden salir un día completamente diáfano, con una atmósfera del todo transparente, o, por el contrario, aparecer cargado de partículas de polvo en suspensión.
Es cierto que este paisaje del desfiladero en ascenso resulta llamativo, pero no podemos olvidar que lo que estamos practicando es turismo de cercanías, que no disponemos por aquí cerca de extraordinarias maravillas naturales. ¿Se puede comparar esta sierra de Cabreras con los paisajes alpinos de Suiza, de Italia o de Francia? No, evidentemente, ni siquiera con los paisajes que producen los montes pirenaicos, pues las laderas de los desfiladeros suizos, franceses, italianos presentan, en general, mayor longitud, y los bosques que las cubren están compuestos de abetos y no de pinos carrascos, como es el caso de nuestras laderas. Las dimensiones no son parecidas aunque, en el fondo, las variedades en cuanto al tono del verde sí se puedan comparar, y aunque se dé también un desnivel semejante en algunos tramos. Tanto es así que, si les prestamos atención, los paisajes nuestros, los recorridos turísticos de proximidad que vamos viendo en esta serie de artículos para “Sax Digital”, pueden avivar también nuestros sentidos y pueden llegar a emocionarnos. La emoción que nos producen aquellos y estos panoramas puede resultar parecida, aunque las dimensiones físicas de nuestras sierras resulten menos llamativas.
Abandonamos por primera vez en esta serie de artículos sobre turismo rural los caminos y las sendas y nos ponemos a subir un trozo de monte campo a través. Aunque, como es lógico, escogemos la parte más suave de la ladera que asciende hasta el llamado Peñón del Rey, uno de los peñones de Cabreras que más alicientes reúne en su cima. Este alto está situado en la vertiente norte de la sierra y da vistas a la sierra de Salinas y a la Colonia de Santa Eulalia. Aparcamos el coche también en el alto del Mesonero y le damos la vuelta a la falda del peñón por el camino, hasta acceder a la parte de la umbría, y por medio de una senda y luego por una ligera rambla ya dentro del monte empezamos a subir campo a través. Este peñón destaca porque aparece en su cima un asentimiento del pueblo íbero –todavía se pueden encontrar pequeños trozos de las antiguas vasijas–, un gran calderón, también llamado Calderón del Rey, y dos simas, y todos estos elementos aparecen casi juntos, a escasos metros de distancia. Los calderones son oquedades en la roca que conservan el agua de lluvia, y en este caso concreto, la importancia de este calderón reside en que puede aguantar el agua durante muchos meses. También destaca este peñón del Rey porque una de sus dos simas presenta la peculiaridad de que proyecta hacia el exterior una corriente de aire tibio que se aprecia sobre todo en invierno. Además, desde lo alto de este peñón, tenemos la oportunidad de contemplar la umbría de Cabreras, la llamativa panorámica que se conoce como la Majá de las Vacas, una extensa ladera que presenta un desnivel uniforme desde lo alto del peñón de la Moneda hasta el pie de la sierra, que está cubierta por un manto de pinos también uniforme.
Notaremos al subir que, a un lado u otro del camino de Yecla, aparece algún bancal abandonado que sigue conservando intacta la instalación para el regadío. Y es que, al parecer, la costumbre de abandonar los tubos de goma sobre la parcela una vez que se ha decidido no regar más, que se ha dejado incluso perder el terreno se ha extendido en los últimos años.




