Aunque no nos sintamos inclinados al misticismo, tenemos que reconocer que, en determinados lugares, sobre algún paraje silvestre especialmente llamativo, podemos sentirnos afectados por algo así como una corriente de espiritualidad que, de repente y sin necesidad de tomar ningún tipo de sustancia estimulante, nos eleva por encima de nuestro estado de ánimo y de agudeza mental habituales, por encima de lo que asumimos como la realidad cotidiana. Podemos sentir esta sensación íntima, insólita, esta descolocación súbita cuando el paraje resulta excepcional por su belleza o por su originalidad, cuando, por ejemplo, nos situamos frente al grupo de secoyas gigantes, el conjunto de árboles monumentales que se puede contemplar en el noreste de la provincia de Granada. Nos podemos quedar boquiabiertos porque, además, estos grandes árboles procedentes del otro lado del Atlántico crecen al pie de la también imponente sierra de La Sagra, un cono montañoso que, si se admira por su vertiente norte, resulta ideal desde el punto de vista geométrico, una montaña que presenta además las peculiaridades de que se levanta aislada, solitaria y de que llega a sobrepasar los 2300 metros de altitud. Los grupos de secoyas de Granada o de California son capaces de superar los cincuenta metros de altura y de trasmitirnos, por tanto, una sensación especial, mágica, capaces de provocarnos una especie de salto cualitativo en la percepción; pero no es necesario viajar hasta Granada o hasta EEUU para experimentar algo así porque, mucho más cerca de casa, también podemos disfrutar, aunque en menor medida, del desarrollo de esta especie de sentido adicional. Algo semejante nos puede ocurrir a pocos kilómetros de nuestra casa, en la vecina comunidad de Murcia, en el momento en que nos situamos sobre el paraje donde se levanta la gran carrasca, el árbol monumental que crece en el término municipal de Yecla.   

A muy pocos kilómetros de nuestro pueblo, un espléndido árbol se alza en el centro de un valle que parece muy fértil y que, tal vez por eso, es capaz de producir un ejemplar tan alto y de ramas tan robustas. Este paraje también mágico está situado a la derecha de la carretera que conduce desde Villena a Pinoso, unos dos o tres kilómetros después de coronar la ascensión que se conoce como puerto de la Harina. Nada más coronar esta suave ascensión, a la izquierda de la carretera si vamos en dirección a Pinoso, sale un camino en su mayor parte asfaltado que lleva a la Colonia Sierra de Salinas, y, dos o tres kilómetros más adelante, aparece, esta vez a la derecha, el camino de tierra que, después de bordear una loma, desciende hasta al fértil llano.

Es un ejemplar todavía más grande y fuerte que la carrasca de Salinas, ya descrita en un artículo anterior de esta serie sobre turismo de cercanías, y está acompañado por un ciprés algo menos alto pero también robusto, y, en su base, está acompañado también por un trocito de monte bajo en el que destaca una colonia de esparragueras como parte del matorral; un trocito de naturaleza silvestre que ocupa, por tierra, la misma extensión circular que la copa del árbol, y que el labrador o el propietario del terreno ha tenido el buen gusto de no labrar. Es la contemplación de todos estos elementos próximos entre sí –el árbol grande, el ciprés corpulento,  las matas de espárragos y el productivo valle– lo que nos produce la sensación de encontrarnos en un rincón único y de que nuestra sensibilidad crece. He ido a visitar este paraje en invierno y en verano, en bicicleta y en automóvil, y nunca he sentido ni demasiado calor ni demasiado frío porque es como si las circunstancias medioambientales se pusieran de parte del modesto enclave paisajístico. La carrasca y el ciprés crecen lejos de los otros árboles, de los pinos del monte y de la parcelas cultivadas con árboles frutales, están situados el uno enfrente del otro a ambos lados del camino que atraviesa el valle, y, tal vez por eso, dan la impresión de pasar la eternidad mirándose, son como dos viejos compañeros de viaje a los que, después de tantos años, ya no se les ocurren nuevos temas de conversación.

Este sitio presenta, además, el aliciente paisajístico de que es un valle alargado y con relieve en forma de una u apenas pronunciada, lo que permite distinguir la carrasca bastantes kilómetros antes de alcanzar el objetivo, sobre todo si nos acercamos por el camino asfaltado que, en el paraje de la Boquera, justo al empezar a subir el puerto de la Harina, abandona la carretera de Pinoso. Esta segunda vía de acceso a la carrasca de Yecla conduce en primer lugar a las bodegas Francisco Gómez, y es el modo de acceso que me gustaría recomendar.

Posdata; Aviso. Acabo de estar otra vez allí y resulta que han levantado una especie de invernadero, unos palos clavados en la tierra que sostienen unas lonas de plástico sucio, que ocupa toda la parcela que queda del lado del ciprés; y, claro, lógicamente, le han quitado al paraje una parte de su magia.

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