“El viaje más productivo es el que se realiza al interior de uno mismo”, pensamiento atribuido al filósofo estadounidense R. W. Emerson

El sol de la tarde hace brillar los distintos tonos de verde (el de la higuera, el de los pinos, el de la hierba, y, sobre todo, el brillo ideal de las hojas de los olmos), pero no resulta ya aplastante; ilumina pero no proporciona calor; nada comparable a la luz que quema, al sol que deslumbra a medio día. La diversidad es un aliciente importante en estos viajes turísticos de corto recorrido porque la mayoría de los paisajes rurales de nuestro término y alrededores cambian de aspecto, y cambian mucho según la hora del día en que nos pongamos a contemplarlos y también según la estación del año en que nos encontremos haciendo la ruta. Y este es un aliciente que debemos tener en cuenta cuando estamos dudando entre si iniciar o no el desplazamiento con fines turísticos.

El recorrido que nos toca hoy y que también puede figurar dentro de la serie de itinerarios que he dado en llamar de cercanías, es más bien un viaje espiritual porque vamos a visitar un paraje que se dio con toda su plenitud en otra época y que después ha sufrido una importante merma, que le ha caído encima un deterioro notable. Nos encaminamos en dirección a las ruinas de un bosquecillo de olmos negros que, en el pasado, hace ya quince, veinte años, fue realmente llamativo, que llamaba la atención de todos los viajeros a pesar de sus reducidas dimensiones. Se trata de recordar, a partir de la situación en que ahora se encuentra el paraje, la imagen de un bosquecillo que estaba compuesto solamente por treinta o cuarenta árboles adultos, pero que presentaba una composición y un brillo fuera de lo común, que a todo viajero dejaba encantado en el momento en que se detenía a contemplarlo. Tanto es así que, según me parece recordar, alguna pareja de novios fue a hacerse allí el reportaje fotográfico en el día de su boda.

Un enclave paisajístico que, para los amantes del esplendor natural, fue de visita obligada, un bosquecillo de olmos con álamos intercalados, con algunas acacias en los bordes y que se levantaba cerca de La Colonia de Santa Eulalia, a mitad de camino entre la Colonia y la autovía, entre la zona de los pozos y la finca de Las Delicias (1). Y recuerdo también que había un claro en el centro del bosque que presentaba el típico tronco caído y hueco y hasta donde llegaban, libres de obstáculos, el rayo de sol o el rayo de luna, según el momento del día. Un claro donde poder sentarnos a reflexionar apartados del mundanal bullicio, a leer incluso, si habíamos tenido la precaución de llevar bajo el brazo un libro. El grupo formado por este conjunto de olmos muy próximos entre sí, muy apretados, nos permitía entrar solamente por un estrecho pasillo, por una mínima trocha, teníamos además que tomarnos la molestia de apartar algunas ramas con el brazo para poder pasar; pero, una vez dentro, disfrutábamos porque nos parecía transitar por uno de esos bosques nórdicos de hoja caduca y esponjosa que tanto se diferencian de nuestros bosques mediterráneos, de los bosques en los que dominan los pinos o las carrascas, árboles de hojas perennes y de cantos afilados. Disfrutábamos mucho porque, a lo largo de este breve recorrido –los itinerarios del turismo de cercanías casi siempre lo son–, nos parecía atravesar uno de esos parajes típicos del norte de Europa que suelen constituir el marco ideal para los cuentos de hadas. Este enclave boscoso tan especial quedaba al lado de los pozos de La Colonia y aparecía recorrido por numerosos canales, por canales más anchos y menos anchos, todos ya en desuso por culpa de que los pozos se han secado o se encuentran muy mermados en la actualidad. Constituían una infraestructura compleja estos canales que penetraban en el bosquecillo y que lo atravesaban, lo que da fe de la riqueza de agua que era capaz de suministrar antiguamente el paraje, del enorme caudal que hace muchos años sirvió, incluso, para cultivar arroz en los alrededores de La Colonia.

Pero se extendió la enfermedad de los olmos, la enfermedad de la grafiosis creo que fue, y se secaron y murieron todos los ejemplares, no quedó ninguno en aquel bosquecillo. Aunque luego, con el tiempo, han retallado, y, después de la ruina completa, de la devastación general, han empezado a verdear a ras de suelo y ya se está levantando otro bosquecillo encantado de La Colonia. Han vuelto las hojas del olmo a verdear, a lucir con viveza, pero estos pimpollos no alcanzan todavía la altura necesaria para considerarlos bosque; falta aún algún tiempo, puede que algunos años, para que puedan formar un conjunto de árboles similar a lo que acabo de describir. Los demás componentes del paraje permanecen más o menos igual, se pueden ver hoy en plena forma los álamos dispersos, las acacias; los únicos que faltan son los ejemplares de olmos adultos.

Este paraje creo que se llama El Pinar, y su interés paisajístico se completa con la presencia de algunos ejemplares de pino bastante lustrosos, bastante altos, que crecen entre las instalaciones de los pozos, dentro de la parcela delimitada y protegida por un ancho seto de cipreses.

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