¿Por qué subir las empinadas cuestas que nos llevan desde el pueblo y desde la carretera hasta los parajes más agrestes? ¿Por qué nos empeñamos algunos en visitar esos rincones que quedan apartados de las rutas principales, en observar con detenimiento los bosques o los árboles que destacan en solitario? Y la respuesta más verosímil a esta cuestión que parece capital puede ser que emprendemos viaje principalmente por instinto, por una razón que todavía no forma parte de nuestro pensamiento consciente pero que sí intuimos, que nos perturba aunque sea de una forma solamente emotiva. Emprendemos el viaje porque sospechamos que, tal vez, las maravillas naturales guardan todavía algunos secretos, que no nos ofrecen a primera vista todo lo que nos podrían enseñar. Parece, en principio, que el pino grande, que la carrasca monumental, que el bosque solo están ahí porque es lo que tienen que hacer, que crecen y que ocupan el terreno simplemente porque sí, sin un motivo superior o de mayor transcendencia; pero, al mismo tiempo y desde otro punto de vista, también sospechamos que puede haber algo más y por eso nuestro interés por desplazarnos.

El pino de la casa del Cojo es otro de los grandes árboles que nos queda cerca de casa, tan cerca como la carrasca de Santa Pola o como el pino Horcajo, ya descritos en la entrega anterior de esta serie de artículos sobre turismo de cercanías. La casa del Cojo está situada solamente a unos tres kilómetros del casco urbano de Sax y en  dirección a la finca de La Torre. Desde el camino Hondo, que es el que lleva también a san Pancracio, y poco antes de llegar a la casa de La Torre, sale otro camino asfaltado a la izquierda que toma la dirección de Peña Rubia. Lo cogemos y ya empezamos a divisar, al fondo, el gran pino que corona una ligera rampa y que funciona como estandarte de una pequeña selva, de una colonia de árboles muy apretados y con muy buen aspecto, una masa forestal que parece encontrarse en un momento óptimo de salud. Da gusto plantarse delante de los árboles que rodean la antigua casa de campo, la casa del Cojo, y comprobar el crecimiento que han experimentado desde la última vez que estuvimos aquí. En este paraje sobresale especialmente el ejemplar más ancho y más alto, el pino monumental, entre la población densa de pinos que cubre la suave ladera sobre la que se asienta el palomar de la casa. Pero también destacan en este bosque de repoblación otras especies de árboles, los olmos, los cipreses, las acacias, que el dueño de la finca o que los sucesivos dueños han plantado alrededor del edificio. Es cierto que el pino objetivo principal de nuestra visita destaca por encima de los otros ejemplares, pero hay que señalar también que es un árbol en su mitad partido, o que al menos ha perdido una de sus tres ramas principales por culpa del peso de la edad o de la nieve, por culpa del impacto de un rayo, que se trata por tanto un árbol incompleto. Como si hubiera superado con holgura el dramático accidente, sigue en pie en sus dos terceras partes y, por cada una de estas partes, mantiene el aspecto lozano y llama todavía la atención.

Damos un salto y nos trasladamos a otro lugar de la geografía más próxima, saltamos hasta la umbría del Cantalar, justo al lado de la casa de la Tejera, para apreciar la importancia de otro gran pino. La Tejera es un edificio campestre que queda al pie de la ladera del monte Cantalar, también llamado Carrascal, y hasta donde se puede llegar por un camino asfaltado que parte de las Cuatro Rosas, justo al otro lado de la autovía. Es muy posible que este pino fuera plantado por el propietario de la finca para dar sombra al edificio; pero, con los años, la casa rural se ha venido abajo, se ha convertido en ruina, está a punto de desaparecer, mientras que el gran árbol sigue alto, erguido, como si los efectos negativos del paso del tiempo no consiguieran doblegarlo, como si el paso de los años no le afectara. Este ejemplar de la Tejera está acompañado por otras especies de árboles que, seguramente, también plantarían los sucesivos propietarios de la finca con el fin de hacer más vistosa la propiedad. Podemos ver por allí un espécimen de algarrobo (Ceratonia siliqua), especie que presenta otros ejemplares en la zona de los bancales ya abandonados y que el matorral ha cubierto. Muy cerca de la casa crecen también un interesante ejemplar de efedra (Ephedra fragilis) y otras plantas como la pitera (Agave americana), que proporcionan al conjunto un sabor antiguo, primitivo, de cuando estas plantas estaban de moda. El conjunto formado por tan distintas especies ha seguido creciendo a su libre albedrío, de manera anárquica, entre el matorral y la hierba silvestre, por lo que se puede decir que, después del abandono que sufrieron por parte de sus propietarios, ya lejos de la mano del hombre, ha tenido que asilvestrarse para poder sobrevivir.

La casa de la Tejera, un edificio donde como su nombre indica se fabricaban tejas de manera artesanal, ya se ha convertido en ruina, mientras que el pino alto y orondo que le da sombra permanece todavía en buen estado; podríamos decir que mantiene incluso un punto de arrogancia en la pose. Una higuera, varios algarrobos, una pitera, varios olivos alrededor de la casa también crecen todavía sobre el alto matorral y demuestran, con su presencia, que el hombre sintió antaño gran interés por este rincón de nuestro término. Una cadena y un cartel de prohibido el paso impiden recorrer en automóvil los pocos metros de camino privado que, a partir del camino principal, llevan hasta la casa, más por evitar accidentes que por proteger los bienes que puedan conservarse allí dentro.

Otros ejemplares de árboles viejos, monumentales, resulta que todavía nos quedan más cerca pues hoy en día aparecen incluidos en el casco urbano de Sax. Se trata del grupo de los grandes olmos que han pasado a formar parte de nuestro parque de los Príncipes, y que, por supuesto, ya estaban allí mucho antes de que se pensara en construir un parque. Resulta que, al final, estos olmos centenarios han sido doblemente rodeados, doblemente abrazados por la civilización: primero por el muro que limita el parque y, luego, por los barrios compuestos por adosados unifamiliares que se han levantado en oleadas sucesivas. Y otro día contaré cómo fue que estos hermosos olmos del parque estuvieron a punto de morir por culpa de una grave enfermedad, cómo llegamos los sajeños a punto de aplicarles el tratamiento idóneo y de evitar que perecieran.

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