Articulo publicado en el libro editado por el colegio sajeño para conmemorar el Centenario de la presencia de las hermanas Carmelitas en Sax.

Durante los días intensos y la vez tan especiales, miembros de la comisión de investigación del Centenario Carmelita en Sax, tenían la oportunidad de visitar a dos personas con la particularidad de que cumplían los mismos años que la presencia de las hermanas en la población. Se trata de dos mujeres que con su testimonio y su presencia avalan que recibieron sus primeros años de formación con las Hermanas, concretamente con la Hermana Gabriela en los primeros años y después con la Hermana Belén.

Se trata de Ramona Martínez y de Margarita Barceló, ambas nacidas en el año 1919, concretamente en agosto y en octubre respectivamente. Justo el mismo año de la llegada de la primera comunidad de Hermanas a Sax.

Multitud de recuerdos se agolpan en las mentes de estas mujeres incansables trabajadoras. Coinciden en  gusto y trabajo por todo  lo que se refiere al corte y la costura. Margarita nos cuenta “a los 12 años me enseñé al corte sistema Martí  y a los 15 años era modista, aunque a los 8 empecé a trabajar liando caramelos”. El horario escolar comenzaba a las 9 de la mañana, pero por las tardes, desde bien pequeñas, ya se dedicaban a aprender un oficio o a echar una mano en casa. Ramona nos dice que ella tenía una máquina de coser en su casa y que le llevaban trabajo allí para hacer. Primero le llevaron unos pantalones y después muchos más.

Nos dicen que cada día les tocaba una materia en el colegio, que iba desde aritmética hasta gramática o geografía y que cada día era distinto. Esa es la percepción de niña de un testimonio que contará pronto con 100 años. Recuerdan también que por las tardes rezaban la Salve y alguna tarde el Rosario. En el mes de mayo se rezaba a la Virgen y se les recitaban poemas, tal y como se viene haciendo ahora. Recuerda también que había un pequeño teatro en la población al que acudían de las escuelas para hacer sus representaciones.

Recuerda Margarita que: “un año estábamos celebrando el Día del Árbol y fuimos al teatro a decir poesías en parejas. A mí me tocó salir con un muchacho que se llamaba Julio y dijimos ésta:

Abramos la tierra,

plantemos el árbol

será nuestro amigo

y aquí crecerá.

Un día vendremos

buscando su abrigo,

su sombra y su fruto dará.

 Y diciendo estos versos fuimos plantando árboles por la zona que ahora se corresponde a la parte de atrás del teatro y a la fuente del Vilaje”.

Nos recuerda Margarita que en aquellos primeros años coexistieron dos comunidades de hermanas dedicadas a la enseñanza, una en Sax y otra en la Colonia de Santa Eulalia. “yo tenía allí una tía y recuerdo que había una fábrica de harina y un molino.  Las casas las ocupaban los obreros. También había una ermita y a la hora del colegio sonaba la campana”.

A los 17 años les tocó vivir la Guerra Civil. Cuentan que donde está el Banco Valencia se cosía ropa militar. Había un sastre en lo que actualmente es la esquina de la Zapatería Stilettos, vivía allí, Él cortaba la ropa. Al llegar la guerra se acabó la comida en las tiendas y en las casas y también se acabaron las telas. Recuerdan que cuando la guerra acabó una de ellas quiso hacerse un tarje de chaqueta y la poca tela que conservó todavía tenía un olor característico a grasa.

Nos recita Ramona una poesía que aprendió en sus primeros años y que la ha recitado a lo largo de su vida cada vez que veía una cruz en alguno de sus viajes, dice así:

 

Yo te adoro cruz bendita,

que estás en campo sereno,

pues luces más que la plata

y eres el sol nazareno.

Tú que pasas y me miras,

Mírame y adórame,

Y verás que bien me pagas,

La sangre que derramé.”

Ambas coinciden también en la sonrisa que les produce el recordar estos años que guardan como preciados tesoros, los comparten a través de sus palabras con la voz firme que emana a la vez que los recuerdos se pasean por su  memoria.

Recuerdo jugar a las Tararas, cantábamos canciones cogidas de la mano y en Navidad no faltaban los villancicos. Usábamos como si fueran libretas y compartíamos una para cada dos o tres. Me acuerdo cuando hacíamos labor. Cosíamos peinadores, servilletas de festón. Nos llevaba varias semanas hacer una pieza. Cuando la terminábamos la Madre la lavaba, después las colocaba en placas de zinc con almidón y así luego no hacía falta ni planchar. También aprendimos a hacer punto, hacíamos flores al minuto y con ellas hacíamos un ramo.

Todo un privilegio compartido por Raquel Gil, directora del centro Carmelitas de Sax, junto a la Hermana Trinidad López, las dos pudieron ser testigos de estos dos momentos que a su vez quedarán guardados para siempre en sus corazones. “Agradecer también a las familias de Margarita y Ramona el brindarnos su confianza y abrirnos las puertas de sus casas para poder compartir juntas estos maravillosos momentos”.

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