Incluso algunos parajes no urbanos o semiurbanos, carentes de árboles monumentales y de extensas laderas pobladas de pinos pueden presentar interés paisajístico, turístico para la mirada del viajero experto, con la ventaja añadida de que las grandes maravillas de la naturaleza tienen muchos admiradores incondicionales, muchos ecologistas protectores y, en consecuencia, mucho trasiego de visitantes, mientras que los parajes más modestos no son tan visitados y suelen resultar más accesibles y tranquilos. Estos últimos reciben menor interés también por parte de sus vecinos, de sus pobladores, por lo que suelen presentar mayor peligro de extinción, todavía es mayor la sensación de desamparo que pueden provocar en el viajero sensible. Este es el caso de un promontorio de Sax, de una colina sin nombre, de una ligera elevación del terreno que se encuentra situada en la orilla del río Vinalopó, a la espalda de la mole rocosa que sustenta el castillo y en el tramo en que la corriente se acerca a nuestro casco urbano. Esta loma ribereña presenta, al primer golpe de vista, una apariencia insignificante, está lejos de llamarnos la atención; pero, si la observamos con detenimiento, notaremos que no hay otras elevaciones vecinas, próximas, por lo que resalta inconfundible sobre la orilla del río. Notaremos que es un espacio sin árboles dignos de mención, sin ningún árbol mejor dicho, pero que sirve muy bien para otear el curso de la corriente entre el pueblo de Sax y la pedanía de La Colonia. Por un lado, la loma limita el cauce del Vinalopó, poco caudaloso aunque con espeso matorral de cañas y de taray, y por el otro lado, es la carretera, más bien camino asfaltado, la que sirve de límite al cauce, el camino que sale de Sax por la cuesta de la Cantarería y que se dirige en dirección al paraje de La Colonia. Y como cerca no hay otras lomas, como está sola y es única en todo el paraje, se puede decir que reina, que, tal vez, resulta lo suficientemente importante como para despertar la curiosidad del amante de los recorridos turísticos de cercanías, que puede hacer nos disfruta de la vista panorámica. Se trata de una loma humilde, no destaca por su altitud, es bastante más ancha que alta, pero jamás resulta repetida.

Estas ligeras elevaciones del terreno se conocen como lomas entre nosotros, entre los vecinos del pueblo de Sax; también las solemos llamar cabezo o cabeza; nunca cerro, colina o promontorio. No hay lomas similares junto al cauce del Vinalopó a su paso por nuestro valle, y esta circunstancia le proporciona una cierta posición de privilegio a la loma anónima. No se puede decir que el contacto con la corriente, un contacto directo, eso sí, ejerza influencia sobre su pendiente en general pues el hilillo de agua y la humedad no repercuten más allá de la base del promontorio, no influyen ni mucho ni poco en el conjunto de la ladera. El aspecto del suelo es seco a lo largo y a lo ancho de casi toda la colina; de tal manera que una mancha intermitente de bajo matorral es lo único que podremos apreciarle como ornamento; sus olorosas matas de secano, de color gris o verde oscuro, se hubieran desarrollado de la misma manera a varios kilómetros de la humedad del cauce. No forma una unidad paisajística con el río, no tiene mucho que ver con las riberas cargadas de vegetación, de olmos, de taray, lo que aumenta su singularidad. Es alta en comparación con lo que le rodea, y también es seca, y también se puede decir que es rechoncha, sin ánimo de disminuir su valor, pues tanto las montañas como las colinas pueden ser esbeltas o rechonchas, pueden estar o no cubierta de árboles, y esta variedad de formas en cuanto al relieve es lo que proporciona amenidad al paisaje.

Su principal atractivo reside tal vez en su sólida apariencia, en que se puede subir con algún esfuerzo hasta divisar desde su cima varios kilómetros de cauce. Su posible valor reside en su ubicación ribereña y en su papel como máxima altura del recorrido a lo largo del río Vinalopó. No la podemos calificar como monumento natural debido a su escaso volumen y a su modesta altitud; tampoco podemos decir que sea un vergel; y además, un cuerpo que cayese y rodase cuesta abajo por sus pendientes de secano apenas avanzaría: no llegaría lejos debido a que sus laderas son más anchas que altas y a que, por ningún lado, alcanzan un importante desnivel. Es un promontorio que nos queda a muy poca distancia de casa, a un kilómetro o kilómetro y medio del casco urbano, si empezamos a andar curso arriba por el lado izquierdo, por lo que constituye un claro ejemplo de recorrido de cercanías.

Se trata de un paraje que podemos calificar como semiurbano porque, paralelos al curso agua y a la derecha, si remontamos el curso del río, corren la vía del ferrocarril, la autovía y el camino asfaltado que lleva hasta el Molino la Borra y que luego sigue hasta la Colonia de Santa Eulalia, y porque se alzan por esta parte del término varias casas de campo y modernos chalés, además de las balsas, de las rafas (pequeña presas) y de los canales que surcan los alrededores del promontorio y que están en desuso desde que la agricultura perdió empuje. Se mezclan por aquí los ingredientes urbanos y agrícolas con los silvestres, por lo que es preciso tener en cuenta también, para describir con justicia este recorrido, las vivencias de sus habitantes, la huella que han dejado y que dejan los vecinos a través de un conjunto de peripecias humanas que casi siempre resultan positivas y en muchos casos felices.

Paraje semiurbano quiere decir no exactamente urbano y tampoco exactamente rural, algo que está en una situación intermedia entre campo y civilización, entre explotación agraria y naturaleza silvestre. Es un espacio intermedio no demasiado preciso al que caracteriza el matiz en mayor medida que a otras superficies continentales, y que, en nuestro caso, ya resulta la parte más extensa del término municipal. Y, aunque puedan encontrarse por el espacio semiurbano núcleos de densa vegetación, llamativos desde el punto de vista natural, siempre serán muy reducidos o estarán muy fragmentados por todo tipo de infraestructuras.

El interés que puede despertar un modesto recorrido por la superficie semiurbana del término lo demuestra el hecho de que, más de una vez, me he cruzado por esta loma con un quinto mío ya fallecido, con José Joaquín Senabre, alguna tarde que se tomaba de asueto él, que era un muchacho tan trabajador. Eran tardes en las que este experto turista disfrutaba con todos sus sentidos del paseo por el borde del río, en las que le sacaba partido a una caminata no del todo fácil. No hay camino o senda que discurra por la orilla izquierda, y, en consecuencia, es preciso avanzar campo a través, pisar todo el rato la loma o los bancales que flanquean el cauce y que presentan todo tipo de obstáculos.

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