Cuando acaba la Cuaresma y cuando los buenos cristianos celebran la resurrección de Cristo, llega la mejor manera de hacerlo que dándose un buen festín después de superar un periodo de privaciones y abstinencias. Tal y como marca la tradición mediterránea, a parte de estrenar pantalones y camisa vaquera, calzarse unas zapatillas molonas, es obligado dar cuenta de una opípara cuchipanda provista del tradicional menú de tortilla de patatas, conejo frito con tomate y bota de vino al ciento. Y para completar esta merendola no puede faltar la mona de Pascua. Pero tal vez sea este último componente el único que todavía sigue vigente en estos tiempos en los que las viejas costumbres con bucólicos encuentros familiares han sido engullidas por la comunicación virtual a través de las redes sociales y la mensajería instantánea.

 

La mayor parte de monas preparadas estos días en este horno son del modelo clásico. Es decir, la tradicional porción de toña o panquemado con un huevo duro en el centro. Pero los que más triunfan entre los peques son sin duda las monas en las que un lagarto tiene atrapado el huevo entre sus fauces. También se puede adquirir una mona especial para enamorados, de mayor tamaño y con dos huevos. Estos acabarán siendo luego ‘esclatados’ en la frente de alguna inocente víctima, “Al menos así se ha hecho durante décadas”.

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