Siempre que me preguntan si me gustaría tener un animal en casa, mi respuesta es negativa. “Ah, que no te gustan los animales”, es el condescendiente comentario posterior a mi negativa.

Por mucho tiempo he pensado que no deben gustarme los animales, vista la reacción de los demás, y sus tremendas preguntas que más bien son afirmaciones.

No me gustan las mascotas, tampoco un zoo o un circo de fieras, pero puedo disfrutar de la grandeza de un documental de la selva amazónica o al encontrarme repentinamente a una ardilla en la sierra. El tiempo me ha hecho reflexionar en qué consiste que te gusten los animales actualmente.

Puedes ser de los cínicos que van a una tienda de animales (¿existen tiendas que vendan personas?) a comprar un espécimen por color o raza (como si fuera un jarrón). O puedes ser de los misericordiosos que van a adoptar algún ser abandonado en un centro de esos que en realidad son un corredor del muerto o lo aceptan del algún conocido que lo regala. Los demás pasos son iguales para cualquier caso: ponerle un nombre, vacunarlo si te consideras buena persona, comprarle una jaula o un cojín al gusto del dueño en que dormir y un collar si es el caso (hay más complementos, depende de las necesidades humanas que le quieras endosar al animal, como ponerle un abrigo o comprarle un peine y champú). Hay que contar también con el proceso de amaestrarlo que ahora se denomina “educarlo” (suena mejor), porque la naturaleza animal se reconduce para ser adecuada como compañía.

El ser humano actual y moderno no suele vivir en la naturaleza. Se ha creado un entorno a su medida y adaptado a sus necesidades, ¿por qué otros seres vivos tienen que verse obligados a estar en ese entorno? Desterramos a las mascotas de su hábitat y nos hemos hecho creer que viven mejor simplemente porque se acostumbran a vivir con nosotros como el caballo que a base de fusta aprende un camino y lo repite una y otra vez con el carruaje a cuestas. Los animales de compañía son reducidos al nivel de meros objetos que se mueven, comen el mismo pienso de siempre un par de veces al día y hay que sacar a pasear de vez en cuando para que mee en las aceras (hechas para humanos), el arenero o los periódicos bajo la jaula. Todo ello, una calidad de vida soñada por cualquier animal antes que ser libre en medio del campo donde estaría solo, sin ningún ser humano, valiéndose del instinto con el que nacen, revolcándose por un charco si les apetece y sin comer pienso. ¡Qué horror!

Es mejor tener a uno de esos animales dando vueltas dentro de su cerco mientras su amo (sí, su amo, como si de una plantación azucarera del siglo XIX se tratara) ve durante horas la televisión (qué máquina horrenda debe parecerles). Hoy día si te gustan los animales, tienes que tener a uno encerrado en tu casa.

Por cierto, ¿te gustan los animales?

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