Apenas nos acordamos de una pandemia mundial ocasionada por un virus, de dudosa procedencia, que hubo hace tres años. Una pandemia que se llevó por delante la vida de un millón trescientas mil personas (sólo en nuestro país). Una pandemia que creó, en sus inicios, el nefasto error de que nos haría mejores personas. Una pandemia que nos hizo depender del papel higiénico como si fuese nuestra única necesidad vital. Y, la verdad, es que daban ganas de usarlo constantemente al escuchar a nuestros políticos y darnos cuenta de que nuestras vidas dependían de ineptos, de incompetentes, de zoquetes asalariados del Estado Español, que sabían menos que el resto.  

Una pandemia que nos obligó a dejar morir a nuestros mayores en la más absoluta soledad, sin una triste despedida. Una pandemia que nos encerró en nuestras casas con la fragilidad de nuestros adolescentes. Una pandemia que nos forzó a que tuviésemos que mirarnos hacia dentro, hacia lo más profundo de nuestro fuero interno. Una pandemia que nos obligó a concienciarnos de que somos vulnerables como seres —aunque nos cueste creerlo— y a mirar fijamente a los ojos de nuestros mayores miedos. Una pandemia que nos hizo temer por la posibilidad de perder a personas, que nunca nos hubiésemos imaginado, y de ser conscientes de las que sólo ocupaban un lugar en nuestras vidas por no dejar el hueco vacío. Y lo peor de todo no fue esto, fue caer en la cuenta de las heridas que teníamos sin cicatrizar y de todas las que se nos abrieron en esos momentos. 

Érase una vez, una pandemia que azotó con fuerza a la humanidad. Que sacudió los pilares de sus falsas creencias de seguridad. Que los expulsó del Olimpo de los Dioses para convertirlos en simples mortales. Que les enseñó cuáles eran las cosas realmente importantes y al momento, se les olvidó. Érase una vez: La Resilencia (de unos pocos)  

La Salud Mental no es sólo para personas desquiciadas que sufren algún tipo de trastorno o de alguna anomalía comportamental. Es también para personas que en algún momento el mundo “se nos hace bola”. Y puedo asegurar que nadie estamos exentos de esto: un cambio radical en los acontecimientos de nuestras vidas, una gran pérdida sin avisar, la depresión por pensar que tiempos pasados fueron mejores, la ansiedad por creer que lo mejor está por llegar. Y, entre tanto, nos olvidamos del regalo que es el hoy; nos olvidamos de eso que llaman `Presente´.  

No somos conscientes de la importancia que tiene en nuestra sociedad La Salud Mental hasta que comienzan a subir las cifras de suicidios —tema del que se habla poco, por no decir nada—. La verdad es que queda feo que estas cifras aparezcan en los medios de comunicación. Hacer una exposición abierta sobre estas tasas, políticamente, no es correcto. Sería admitir que como sociedad hemos fracasado y es preferible no hablar de ello y de lo que no se habla, no existe.  

La Salud Mental podría ayudar a mucha gente, a todas esas personas a las que el mundo se nos ha hecho bola y esa bola, se nos ha caído encima en algún momento. Porque es un tremendísimo error pensar que de los recursos públicos destinados a La Salud Mental, sólo se beneficiará un individuo. Es un bien colectivo. Somos seres sociales que vivimos en comunidad. Pero aquí nos enfrentamos a una problemática cargada de controversia y con dos dicotomías importantes. Por un lado, tenemos el factor económico: son terapias que requieren de muchas sesiones, con sus tiempos correspondientes y con resultados lentos; por otro lado, está el factor de las mentes independientes: seres humanos libres, con pensamientos críticos y que difícilmente se van a dejar ningunear. ¿Esto realmente les interesa a nuestros políticos? La respuesta es NO, ni por el coste ni por la libertad.  

Lo que le interesa a nuestros políticos son personas que no tengan apenas recursos, ni estudios. Que no tengan opinión. Que no sepan pensar por sí mismas. Les interesan corderos que sigan al rebaño sin plantearse nada más. Votantes irracionales que se dejen llevar por el fervor de las falacias de unos pocos. De esos pocos que son capaces de masacrar a su propio pueblo por un puñado de tierra ensangrentada por la muerte de niños inocentes. Gente sin escrúpulos, sin misericordia. Cargados de odio hacia el prójimo y hacia ellos mismos porque mucho asco han de sentir por la raza humana para ejecutar las mayores atrocidades sin justificación alguna. 

¿Cómo podríamos llegar a explicar los intentos de exterminio de algunos pueblos? Siempre hablamos de dirigentes trastornados, de perturbados, de tipos que no están bien de la cabeza, hablamos de locos. Pero… ¿y si la locura no fuese la respuesta a todo lo que no podemos entender, a todo lo que se escapa a nuestro raciocinio? ¿Y si la explicación fuese mucho más compleja, más complicada, más inquietante, y sencilla a la vez? ¿Y si todo fuese producto de la maldad? ¿Y si la maldad sí existiese? ¿Y si la mitad de la humanidad fuesen buenos y la otra mitad malos? ¿Y si en la Tierra viviésemos constantemente una especie de Guerra Fría entre el bien y el mal? Sin duda, todas estas elucubraciones darían perfectamente para una saga literaria. 

Lo único que puedo asegurar es que hay muchas personas que viven con un alma podrida, gangrenada, sin un ápice de moralidad y sin ninguna empatía. Pero, también, las hay de las que nos alegran con un: ¡buenos días! De las que te mandan un mensaje preguntándote: ¿cómo estás?, y se te escapa una sonrisa. De las que te “obligan” a salir de tu casa a sabiendas que, en ese momento, no eres la mejor de las compañías. Personas que creen en ti más de lo que tú jamás lo harás. Personas que te miran a los ojos y saben cuándo necesitas un abrazo y te lo dan.  

Esto va por ellas, por esas personas que no te dejan caer y, cuando lo haces, te ofrecen la mano para levantarte. Por esas que disfrutan de tus éxitos como si fueran suyos. Por esas que te dicen: “estoy orgulloso/a de ti”. Por esas, sí que vale la pena apostar. Como bien las califica Marian Rojas Estapé (psiquiatra): “nuestras personas vitamina”.   

La Salud Mental debe ser accesible a todos/as. Debe ser un derecho universal. Todos/as la necesitamos. Es un bien común: ¡Cuidémosla, Cuidémonos!

 

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