La música es un ingrediente básico en las fiestas de Moros y Cristianos y sin su acompañamiento no se concibe que las comparsas puedan salir a la calle.  

En Sax, siempre se ha otorgado importancia de excepción a la cuestión de la música y ya desde el último tercio del siglo XIX, el pueblo pudo disfrutar de dos bandas estables: la Primitiva de Sax, también conocida como la «música del Requinto», en alusión a su Director Pedro Estevan Alpañés, el maestro «requinto», y la Moderna, que acabaron por fusionarse en la Unión Musical en 1929. 

La Fiesta de finales del siglo XIX y comienzos del XX se iniciaba cuando los festeros acudían a la estación del tren a recibir las músicas. Antes de los años 1920 la Entrada del día uno era una «entrada de bandas de música»; y por la noche se celebraba la Retreta, protagonizada también por las músicas, que acompañaban al pueblo para ir a saludar al Santo y a las autoridades. Desde los años 1960, como herencia de la antigua importancia dada a las músicas, se celebran varios acontecimientos en el día uno de febrero cuyo protagonismo sigue residiendo en las formaciones musicales: la Fiesta del Pasodoble, desde los años 1960, y la «Entrada de Bandas» de la mañana, un acto organizado desde 1987.  

Se suele señalar el pasodoble El moro guerrero, de Manuel Ferrando González, como el primero que se compuso para unas fiestas de Moros y Cristianos en 1864; también se cita al pionero Mahomet, de Juan Cantó Francés, estrenado en Alcoy en 1882 y que daría origen al nuevo estilo que acabaría por dar forma a la música festera. El año 1817 es la fecha más antigua que se conoce de la incorporación de una banda de música «completa» en unas fiestas de moros y cristianos. Fue en Alcoy, y la banda era la de Milicianos Nacionales. Como ocurrió en toda esta zona levantina, ese tipo de bandas castrenses tan populares desde la guerra contra los franceses sería el germen de las posteriores bandas civiles.  

Sobre la música de Sax es reseñable la descripción que realiza un acta municipal de Petrel, del año 1830. El documento habla de la celebración del II Centenario de la Virgen del Remedio e indica que se contrató a «la música de Sax que era la mejor que había por estos pueblos para tocar por las calles en los tres días de fiesta». Así que, desde la primera hora de las nuevas bandas de música, ahí estuvieron presentes los músicos sajeños. 

Ya desde los años 1860 la participación de la banda local en las procesiones de la Candelaria y San Blas está plenamente acreditada, haciéndose cargo el Ayuntamiento de su remuneración. En la noche del uno de febrero de 1890 se estrena el primer pasodoble dedicado a una comparsa sajeña; lleva por título Marruecos y la compuso el maestro José Gusi Soler, director de la Música de Teatro Echegaray o  «Música Nueva», también conocida como la «Moderna». 

La música se hizo auténticamente «popular», y facilitaría que los desfiles cobraran espectacularidad convirtiéndose, ya en el siglo XX, en los actos más populosos. 

Pero la música no sólo era protagonista en las entradas o desfiles puesto que, por sí misma, era uno de los atractivos fundamentales de la Fiesta. Así se destacaba en los titulares de los viejos programas de finales del siglo XIX y del primer tercio del XX, en los que se anunciaban «vistosas Dianas, Serenatas y Retretas», interpretadas por las bandas.  

El auge del pasodoble se hizo imparable. El caso de Paquito el chocolatero, que Gustavo Pascual Falcó compuso en 1937, fue paradigmático y se convirtió en la referencia musical festera durante largas décadas. Eso sí, lo fue en compañía de otras muchas piezas que también irían alcanzando la cualidad de «clásicos», como La Entrada, de Quintín Esquembre; Chordiet, de Gregorio Casasempere; Juan El Tito, de Sebastián Rubio Gil o Amparito Roca, de J. Teixidor, por sólo citar algunos ejemplos. 

En nuestro pueblo, en la década de 1920 los desfiles se consolidaron plenamente. Fue también por entonces cuando se adquirió la plena conciencia de la peculiaridad local de algunos rasgos festeros, como el característico paso de desfile sajeño: el «saltico». 

La música festera a partir de 1950  

Conforme evolucionó la Fiesta, lo hizo también su música. Durante la segunda mitad del siglo XX. se verían pasar en la Fiesta lo que pueden considerarse auténticas y cambiantes «modas» musicales, representadas en los títulos de las piezas que más se escuchaban en cada momento. Pasodobles clásicos como El capitán, Bajo la doble águila, El burón, Amparito Roca, Añoranza, Todos son nubes o Rodriguez Miguel, por ejemplo, solían escucharse en los desfiles, junto con piezas más pachangueras e incluso algunos exotismos, como marchas americanas como Semper Fidelis, Washington Post 

La «arrancá» de los Cristianos en la Retreta era todo un clásico, como también lo fueron los emblemáticos pasodobles reservados para ese importante momento, como Agüero, Justicia o El picayo, y que eran ensayados por la Unión Musical durante todo el año.

Desde los años 1960 se comenzó a celebrar «La fiesta del pasodoble». El primer «Concurso Pasodoble» organizado sistemáticamente se celebró en el año 1963. Fue una iniciativa de la Unión Musical y Artística de acuerdo con los Presidentes de las Comparsas y tenía el objetivo declarado de «la creación de un ambiente music al festero en nuestras fiestas». Y en 1964 —el año del «Centenario»— se institucionalizó la Fiesta del Pasodoble. 

La presencia de Miguel Villar González supondría, desde 1966, un profundo revulsivo para la música festera local. A los pocos meses de estrenarse como Director de la banda sajeña, para la víspera del día uno de febrero de 1967 preparó todo un «Concierto de pasodobles» —es decir, lo que más tarde sería el emblemático «concierto de música festera» de la Unión Musical. 

En aquella primera edición se estrenó nada menos que el «Himno a san Blas», con música del maestro Villar sobre letra de Juan N. Chico Amat y al año siguiente se programaron, entre otras, las dianas ¡¡Despierta sajeño!! y ¡¡Arriba Festero!!; los pasodobles Sajeños Alma sajeña, El Picayo, El desmay del moro y El molino, para rematar con el poema sinfónico Artal de Alagón. 

 Miguel Villar supo captar de inmediato las esencias de la Fiesta de san Blas y para 1969 Villar ya tenía compuesto todo un ciclo musical festero a la medida de Sax. Su primera gran «remesa» de composiciones festeras culminó en ese concierto con el estreno de piezas para varias comparsas. Fue una espectacular velada con la que se consolidó la tradición del concierto de la víspera festera. Por si faltara algo, además, el concierto se retransmitió por Radio Nacional de España. 

A partir de los años 1970 la Fiesta vivió un inaudito crecimiento con la incorporación de cientos de nuevos festeros. También creció el afán por el cuidado musical y el deseo de ampliar el repertorio. En 1979 la Mayordomía, en colaboración con el Ayuntamiento y la Unión Musical y Artística, preparó concurso de pasodobles festeros denominado «Barceló de Sax» en memoria del prematuramente fallecido Joaquín Barceló Verdú. 

El nuevo festival nació con la pretensión de dotar a la Fiesta de nuevos pasodobles aptos para la forma sajeña de desfilar: el «saltico». Se rogaba a los compositores concursantes que presentaran piezas nuevas, preferiblemente «pasodobles con 96 a 100 pasos por minuto». El festival se realizó durante varios años y en él se estrenaron docenas de piezas especialmente compuestas para la ocasión. Se recibió un numeroso material; tanto, que incluso varias décadas después una gran parte todavía permanece inédito. 

Pero el deseo de pasodobles aptos para el «saltico» chocaría con una realidad que hacía difícilmente viable desfilar con esos pasodobles «ligeros». Esa nueva realidad no era otra que la masificación de las comparsas. Además, la forma de desfilar en bloque no facilitaba las cosas y eran cada vez más frecuentes las quejas de muchos de los festeros que no «oían» la música. 

No habría vuelta atrás para los desfiles y las marchas con una percusión dominante se generalizarían. Los últimos cuarenta años son ya, parte de otro capítulo de la historia de nuestra música festera. 

 

Spread the love