Aunque nunca se prohibido la participación de las mujeres en las fiestas de Sax, si se limitaba su papel a solo algunos festejos y siempre parte importante en todas las fiestas ya que fueron artífices de las mejores ideas y avances en las fiestas más tradicionales.  

A partir de los años ochenta se produjo en Sax la gran eclosión de participación activa en la Fiesta: niños, jóvenes y mujeres se incorporaron masivamente a las comparsas. Esta auténtica explosión supondría, ya al final de aquella década, una gran transformación en el desarrollo de los actos y en las pautas de la vida festera. 

Pero mucho antes de esa revolución sociológica las fiestas también implicaban a todos los miembros de las familias, aunque de forma muy distinta. Los festeros que se vestían eran una minoría, y la mayoría participaba mirando, los actos. La memoria de aquella mayoría que se movía en un segundo plano festero puede que resulte vaga hoy en día, pero configuraba un fondo social imprescindible. Y las mujeres eran una parte esencial. 

La participación femenina en la Fiesta, que nunca había estado prohibida, casi siempre se había limitado a las danzas, los bailes tradicionales o los concursos de mantones de Manila y «de guapas», con los que se complementaron los festejos durante generaciones. Los cargos de Cantineras (antes de la guerra) y Pajes los desempeñaban niñas, aunque más crecidas que ahora. A partir de la segunda mitad de los años cincuenta del siglo XX surgirían las Capitanías femeninas. Desde los años 60, con la modernización festera, comenzaron a verse muchas mujeres en actos tan tradicionales como el Cabildo. Desde entonces y con rapidez, se produciría la plena integración activa de las festeras. 

Todo ello se referia a la intervención activa en las comparsas. Y, sin embargo, las mujeres siempre habían estado ahí y su papel resultaba vital. Sencillamente, sin la mujer la Fiesta jamás hubiera sido posible. 

La realidad es que hasta los años 1970 el histórico y decisivo papel de la mujer se vivió en esa especie de intrahistoria que acontecía en los hogares, en el lavadero, o en los hornos… La mujer cosía, arreglaba y lavaba los trajes y toda la panoplia necesaria para el festero. Llevaba la casa, siempre impecable por San Blas. Preparaba las pastas y las toñas; y hacía las comidas para el marido y la familia, y también para los amigos e invitados. Las mujeres lo hacían todo, en una época de familias numerosas, sin electrodomésticos que aliviaran la labor y, en general, sin la posibilidad de contar con servicios externos que echaran una mano… 

No hay duda: la deuda de la Fiesta para con la mujer que ha atendido a varias generaciones de festeros es impagable, y seguirá siéndolo pese a todos los reconocimientos que las entidades festeras hayan podido ofrecer a las viejas festeras. Un artículo publicado en la revista de fiestas del año 1977, en vísperas de la masiva incorporación femenina a la Fiesta, trataba ya la cuestión de forma harto elocuente. Con el título «La otra mujer» M. Canto Castelló firmaba lo siguiente: 

“…la madre de familia, la mujer de la casa, es quien vive los preparativos más intensamente. Conozco a muchas que aún no ha pasado San Blas, cuando ya piensan en el del año próximo y en alguna innovación, inculcando sus deseos de superación —aunque estos empiecen o terminen en la cocina— en el marido o los hijos… 

Para que todo funcione, y bien, se necesita una mujer en casa dispuesta a que todo esté a punto, empezando por los trajes, en los que colaboran muchas veces en la confección… 

Donde el invitado aprende a apreciar el Relleno Sajeño; Bizcocho y Tarta de Almendra, así como los Sequillos (…) y tantos y tantos dulces y comidas (…) Su presencia, su bien hacer y estar, son el fuego y el apoyo que el sajeño necesita, y ella aporta, para que todo salga y esté bien.” 

En fin, fue por aquellos mismos años 1970 cuando el papel de las mujeres festeras de siempre llegó a inspirar unos de los mejores romances del que fue el poeta por excelencia de la Fiesta de San Blas, Juan N. Chico Amat. Como recuerdo para aquellas mujeres sufridas y necesarias, cada vez más lejanas, entresacamos algunos versos del Romance de la Festera: 

“… / Pero tiene el entusiasmo, / la fe, de buena sajeña, / que para honrar al Patrón / ningún trabajo la arredra. / … / -¿Has probado el arcabuz? / Ya tengo las pastas hechas. / Has de instalarme la luz / que hay que poner en la puerta / y matar el borreguico. / … / -Ay, qué pachorra de hombres; / yo no me puedo estar quieta; / listo está el cuarto del músico; los convidaos, cuando vengan, / tien que comer a sus horas / para que vean toas las fiestas, / sin perderse ningún acto / de la “Rifa” a la “Retreta” / … / Con lo cansá que una queda, el mejor baile es la cama; y al día siguiente, más fresca / está una, pa plancharte el traje, / que lo  haces una indecencia / El fajín arrugañao, / la manta toa sucia y negra / …” 

 

Spread the love